En muchos países, quedarse dormido en una reunión se interpreta como falta de interés o profesionalismo. En Japón, en cambio, existe una práctica cultural que cambia esa lectura: el inemuri, que puede traducirse como “dormir mientras se está presente”.

Es común verlo en oficinas, universidades, reuniones o incluso en el transporte público. La persona descansa durante unos minutos, pero permanece dentro del entorno social y debe estar lista para reincorporarse cuando sea necesario.

Aunque pueda parecer una simple siesta, el inemuri es más complejo. No es necesariamente una pausa planificada ni una política de descanso, sino que muchas veces funciona como una señal de que alguien ha llegado al agotamiento tras un alto nivel de esfuerzo.

Dormirse como símbolo de compromiso

En la cultura laboral japonesa, el cansancio no siempre se interpreta de forma negativa. Una persona que se queda dormida en su escritorio puede ser vista como alguien que ha trabajado tanto que ya no puede mantenerse despierta.

La investigadora Brigitte Steger, de la Universidad de Cambridge, explica que durante el inemuri la persona puede estar mentalmente ausente, pero debe poder volver rápidamente a la interacción social cuando se le requiera.

También importa la forma en que se duerme. No se trata de abandonar la situación, sino de mantener una apariencia de participación:

“El cuerpo tiene que aparentar que está activo en una reunión… Tenés que sentarte como si estuvieras escuchando atentamente y simplemente bajar la cabeza”.

En este sentido, el descanso no rompe la presencia social: la persona sigue “cumpliendo” simbólicamente con su rol.

Jerarquías y permisos implícitos

El inemuri no se aplica por igual a todos. Según Steger, factores como la edad, la antigüedad o el cargo influyen en quién puede hacerlo sin sanción social.

Los empleados jóvenes suelen estar más presionados para mantenerse atentos y activos. En cambio, los trabajadores con más experiencia o mayor estatus pueden permitirse breves momentos de descanso.

Esto genera una paradoja: solo quienes ya han demostrado suficiente compromiso pueden “permitirse” mostrar agotamiento. Así, el inemuri no es tanto una práctica de bienestar como una señal de estatus dentro de la organización.

La otra cara del esfuerzo

Más allá de su dimensión cultural, el inemuri refleja un problema más amplio: la asociación entre presencia física, cansancio y compromiso laboral.

Cuando pasar más horas en la oficina vale más que la eficiencia, el agotamiento puede convertirse en una especie de prueba de lealtad. El riesgo es que la productividad deje de medirse por resultados y pase a medirse por sacrificio.

En su forma más extrema aparece el karōshi, término japonés que describe la muerte por exceso de trabajo, ya sea por enfermedades cardiovasculares o por suicidio asociado a la presión laboral.

Los datos oficiales muestran que el problema sigue vigente. El informe del Ministerio de Salud japonés de 2024 registró 883 casos de trastornos mentales relacionados con el trabajo en 2023, la cifra más alta hasta entonces. En 2024, los casos aumentaron a 1.055, junto con cientos de enfermedades graves y decenas de muertes.

El caso Dentsu

Uno de los episodios más conocidos es el de Matsuri Takahashi, una joven empleada de la agencia Dentsu que murió por suicidio en 2015 tras acumular más de 100 horas extra en un mes. Su caso fue reconocido como karōshi y generó un fuerte debate público sobre las condiciones laborales en Japón.

La empresa fue sancionada y su CEO renunció, pero el caso dejó una pregunta abierta: ¿trabajar más horas significa realmente trabajar mejor?

Más allá de la siesta

El inemuri puede parecer una curiosidad cultural, pero también revela una tensión importante entre descanso, productividad y cultura del esfuerzo.

Dormir brevemente puede ser útil si forma parte de una política de bienestar. Sin embargo, otra cosa muy distinta es cuando el descanso aparece como consecuencia del agotamiento extremo.

Para las organizaciones, la lección es clara: la presencia no garantiza productividad, y el cansancio no debería ser una medalla de compromiso. Construir entornos laborales saludables implica establecer límites, objetivos claros y espacios reales de recuperación.

El verdadero desafío no es si está bien dormir en el trabajo, sino crear condiciones en las que nadie tenga que llegar al agotamiento para demostrar su valor.

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